De Rusia a San Martín: la historia del almacenero que peleó en la Segunda Guerra Mundial

El “Viejo Dimitri” vivió la segunda mitad de su vida en el distrito. Pero antes de radicarse allí, debió luchar contra los alemanes que habían invadido su tierra.

barco guerra

Esta es la historia de uno de esos personajes anónimos que nunca serán tapa de ningún diario ni tendrán sus cinco minutos de fama en radio o televisión, pero que hacen a la identidad y la esencia de un lugar. A mí me la contó mi abuelo, y algunas cosas me ratificó mi mamá, que llegó a conocerlo.

Al “Viejo Dimitri” lo conocían en el barrio de toda la vida. Aquellas cuadras de Monteagudo y Rodríguez Peña siempre fueron tierra de disputa entre San Martín y Villa Lynch. Clavado en el corazón fabril de la alguna vez llamada “Liverpool Argentina”, su almacén convocaba a vecinos y trabajadores de la zona.

Porque el “ruso”, como también se lo llamaba puertas adentro de las casas bajas levantadas en los años 20, 30 y 40 del siglo pasado, efectivamente era almacenero. Un almacenero de esos de antes de la invasión francesa de Carrefour y de la chilena de Jumbo en los 80 y de la irrupción china hace ya como veinte años.

Dimitri era el que te cortaba el dulce de batata de una lata gigante, el queso cremoso que venía con cáscara enharinada, el que te armaba un paquete de kilo de azúcar con ese papel blanco y ordinario, el que te fiaba y anotaba en una libreta y el que allá por los 60 tenía uno de los pocos teléfonos de cuatro manzanas a la redonda.

Como se puede ver, estoy hablando de una vieja historia. Tan vieja que su protagonista ya se murió hace tres décadas. No llegó a conocer ni los celulares, ni internet, ni la fotografía digital ni nada. Eso sí, cuando se despidió de este mundo al menos le quedó la satisfacción de volver a ver que su añorada patria recuperaba su nombre histórico.

Pero vamos por partes. La vida de almacenero de Dimitri fue, como ya dije, la segunda etapa de su azarosa existencia. ¿Qué pasó en la primera? ¿Qué hace destacable a este hombre por sobre cientos de miles de inmigrantes, todos ellos poseedores de una historia que contar? Lo que hizo diferente a Dimitri fue ser testigo y protagonista de cruciales eventos que aún hoy ejercen influencia en nuestro mundo.

Dimitri (cuyo apellido no ha logrado permanecer en la memoria barrial salvo las últimas dos letras finales OV), nació en las afueras de la ciudad de Oriol, a orillas del río Oka y situada a unos 350 Km al sudoeste de Moscú. Tampoco hay precisiones sobre la fecha, pero debe haber sido hacia el año 1905 aproximadamente. Quienes hablaron con él cuentan que tenía vívidos recuerdos de la Revolución de 1917 y de la posterior guerra civil entre rojos y blancos y además cuando murió, allá por 1994, decía que estaba cerca de los 90 años.

Su familia, lo conjeturo, debería ser campesina. Tal vez pequeña propietaria, plegada en la fe ortodoxa y posiblemente zarista. Según se cuenta, en el almacén había una imagen religiosa de esas que usan los cristianos orientales, tipo icono y nunca habló bien del gobierno comunista. Más aún, siempre se le escuchó decir “Rusia”, jamás “Unión Soviética”. Otra cosa que me hace pensar en un posible buen pasar es que Dimitri sabía leer y escribir, circunstancia bastante extraordinaria de encontrar en el campesinado ruso de principios del siglo pasado. Tercer elemento: sus padres murieron durante las reformas agrarias encaradas por Stalin allá por fines de los años 20, cuando se colectivizaron las tierras privadas de grandes y pequeños propietarios rusos. Según contaba nuestro protagonista, se fue a vivir a casa de unos parientes lejanos, al interior de Rusia, cerca de los montes Urales.

Se casó y a mediados de los años 30 volvió a Oriol, donde entró a trabajar como obrero metalúrgico en una fábrica de tractores. Al iniciarse la invasión de la Alemania nazi en junio de 1941 fue movilizado e ingresó como Cabo al Ejército Rojo. Su unidad de infantería motorizada fue trasladada a las afueras de Moscú, donde combatió la célebre batalla de resistencia de la capital soviética durante todo el año 1942. Entre tanto Oblast fue tomada y prácticamente destruida por la Wermacht en su camino hacia Stalingrado. Allí murió su esposa y sus dos pequeños hijos. De eso casi nunca hablaba Dimitri.

El ejército ruso (y el motorista Dimitri con él) recuperó la iniciativa a mediados de 1943, comenzando una marcha inexorable que los llevaría a las propias puertas de la Cancillería de Hitler en Berlín. En su camino de justificada revancha, los soldados rusos iban dejando pilas de cadáveres de soldados alemanes, alemanas violadas y la semilla política de los partidos comunistas que formarían el bloque oriental durante la futura Guerra Fría. ¿Habrá cometido nuestro almacenero algún exceso? Difícil saberlo. Los que lo conocieron y hablaron con él siempre destacaron su buen don de gente.

Así las cosas, Dimitri formó parte de las tropas soviéticas que tomaron Berlín y pusieron fin a la Segunda Guerra Mundial, al menos en el teatro europeo. Lo que sigue nunca fue del todo claro. Porque hay en los relatos que obtuve un hueco que solo puede ser llenado con teorías. En 1945 Dimitri estaba en Berlín, manejando una moto con sidecar artillada (de la que tenía una foto en su local, con él al volante y un compañero a su lado); y en 1948 ya estaba instalado en San Martín.

Pero vuelvo a las teorías que expliquen cómo un soldado ruso pasó de las ruinas humeantes de Berlín a las prósperas calles de la Buenos Aires del primer peronismo. Idea uno: consideró cumplido su deber, no tenía a donde volver, desertó y logró viajar de algún modo (tal vez haciéndose pasar por refugiado de guerra yugoslavo, polaco, checo, vaya Dios a saber…). Idea dos: era un agente de la KGB con la misión de entremezclarse con la población argentina y extraer información que permitiera a Moscú terminar de evaluar a un gobierno (el de Perón) que en ese momento era tomado por fascista e incluso posible refugio de jerarcas nazis, entre ellos el mismísimo Hitler. El lector dirá…. demasiado conspirativo todo. Bueno, lo concedo. Pero que alguien me explique cómo se podía salir de la URSS en aquellos años si no era como desertor o como espía.

En honor a la memoria de un buen tipo, me inclino por la primera de las opciones. Y en este punto comienza la otra vida de Dimitri, la de un apacible almacenero de barrio, que iba a jugar a las bochas, que se juntaba con otros vecinos las noches calurosas de verano debajo de la parra de alguna casa a tomarse un vino, que prestaba su teléfono cuando alguien tenía que llamar al médico y que, de tanto en tanto contaba las historias de la guerra que estuvo orgulloso de pelear, por amor a su Rusia a la que nunca pudo volver.

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