La profesora de ballet

Cecilia Díaz es profesora en su estudio de Ituzaingó 407, en pleno San Isidro, y durante casi cuatro décadas formó bailarinas profesionales. El trabajo, el temperamento, y la actualidad de la danza, en primera persona.

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Foto: Matías Garat

El estudio de danza y ballet Cecilia Díaz ubicado en un primer piso de la calle Ituzaingo al 400, es un pequeño reparo tapizado de sueños e historia, en donde de lunes a sábado se dictan y se toman clases de danza.

Las piernas se estiran como tallos blancos, enrulados los empeines. Presionan sobre la madera y se impulsan, livianas, vorazes. Un suspiro, y cae, dibujando en la fibra de sus músculos, la pose final. 

La danza dice con énfasis algo fundamental: no existe permanencia (…) Somos la percepción vehemente, angustiada y feliz de aquello que transcurre

Gustavo Emilio Rosales

Unión de repúblicas socialistas soviéticas (URSS) enero 1987 Minsk, dice un certificado enmarcado, rodeado por fotografías de ballet. “Era enero, y hacía un frío… Paloma (Herrera) era chiquita. Me acuerdo que la maestra los felicito a Olga (Ferri) y a Enrique (Lommi) por el nivel del grupo. Fue un momento inolvidable, esas cosas que te quedan”, expresa Cecilia. Cartas, mensajes y fotografías, de antes y de ahora, visten las paredes. De rodete ceñido y con movimientos delicados y precisos, me hace pasar de una imagen hacia otra.

Cecilia D. danza desde que tiene memoria. Toda su formación artística y académica la hizo con Olga Ferri y Enrique Lommi, dos reconocidos bailarines argentinos de quienes tuvo el privilegio de ser discípula por más de 20 años.

“Para mí fue un regalo, porque confiar en alguien y darle toda tu manera y forma de enseñar para que siga tus pasos, es un compromiso muy lindo… Ahora cuando veo los brazos de alumnas que ya están bailando profesionalmente, me emociono, porque todo lo que uno hizo, lo que recibí, lo ves plasmado. Te llena de alegría”, dice.

“La gente tiene el corazoncito, si estudiaste danza, en algún momento volvés”

Mientras estudiaba para Maestra Jardinera, e incluso al recibirse y comenzar a trabajar, Cecilia D. cambiaba, por las mañanas y las noches, zapatillas de lona por zapatos de baile dentro de los colectivos. Se suele decir que una vez que la danza te atraviesa ya no se puede dejar, pues es el cuerpo, quien en un latido constante, lo pide. Sin embargo, la generación de Cecilia, no tuvo chances de entrar al Colón o a una compañía, ya que en estas no hubo concurso por 10 años. “Todos tuvimos que buscar otra cosa”, recuerda, aunque añade que “igual no me puedo quejar… hice mucho, siempre tuve mis motivaciones acá”. Desde el balcón la brisa vaporosa, que en algo se parece al tiempo, nos brilla en la piel.

“A los 23 años, con el apoyo de mi mamá, me decidí y puse el estudio. Un diciembre… ahora va a ser el aniversario número 39 ¡Un montón! Empecé con poquitas alumnas. Hoy tengo chicos de tres, cuatro, cinco años… hasta gente de sesenta. Yo creo que mi formación docente también me ayudó mucho a poder trasmitir, a saber llegarle a cada una”, analiza.

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Foto: Matías Garat

Todos estos años Cecilia D.  formó chicas que hoy están en el Colón, en Cannes, Europa, en el ballet de Chile. “Todas ganadoras de medalla de oro… cuando existían los torneos bonaerenses”, aclara y suma que “muchas están bailando y compitiendo. Estoy contenta porque se les dan cosas importantes”.

Con todas mantiene contacto, antes por carta, ahora por WhatsApp. Le cuentan cómo les está yendo, le piden oraciones cuando van a audicionar. “También hay chicas que, por cosas de la vida, dejaron de venir y después retoman, van y vuelven. La gente tiene el corazoncito, si estudiaste danza, en algún momento volvés”.

Hacemos rodar las bases para colocar las barras en el salón. Una paloma se desprende del empedrado hacia nubes enrojecidas y el arrullo me devuelve esa sensación ¿Por qué danzamos?

¿Por qué danza usted? – le pregunta el jurado a Billy.

-No sé… Me siento muy bien. Al principio estoy agarrotado, pero cuando empiezo a moverme lo olvido todo. Y… es como si desapareciera, como si desapareciera y todo mi cuerpo cambiara. Como si tuviera fuego dentro y me veo volando, como un pájaro. Siento como electricidad. Sí, como electricidad

Billy Elliot

“Es una carrera corta y eso trato de explicarle a los padres. La formación tiene que ser desde temprana edad. Es como que no hubieras ido al colegio para estudiar medicina.  Pero hoy los chicos están llenos de actividades y vienen solo una vez por semana, y es como todo, si no les das tiempo para saber si les gusta o no, para que el cuerpo pueda estar y asimilar… hay que aquietar la conciencia, aprender a ser flexible con el cuerpo, a escucharlo y disfrutar, porque esa es la idea”, afirma.

Tendones y músculos se tejen entre sensaciones que danzan un cuerpo. Danzamos porque somos movimiento. Danzamos porque estamos vivos.

“Es un desafío cultural”, dice Cecilia D., “acá no se le da mucha bola a la cultura en general, no se fomenta demasiado. Se están formando cada vez más chicos y eso es buenísimo, pero lamentablemente, no hay muchas compañías para que bailen. Está el Colón o el Argentino de la Plata, pero no hay mucho… o te vas a una provincia, o fuera del país”.

“El cupo masculino también es algo que hay que trabajar. En Rusia, por ejemplo, es un honor que bailen, que los representen, en Europa también. Nosotros todavía tenemos el prejuicio de que la danza es para mujeres. Aunque de poco eso va cambiando. Pero falta”, analiza.

Las voces bullen por la madera desde el vestuario hasta el salón de espejos. Está por empezar la clase. Primera, segunda, tercera, cuarta… bajo las escaleras. Empujo la ventanita y hago girar dos vueltas la llave, como lo hacía cuando era chica. Las notas del piano se derraman por el balcón del primer piso perdiéndose entre los motores de los autos.

Datos del instituto:

Ituzaingó 407, San Isidro. Teléfono: 47475454

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Foto: Matías Garat