Irregularidades en la planta verificadora de Boulogne

Compartimos una muy buena crónica que denuncia una serie de «irregularidades» en la planta verificadora de la Policía Federal de Boulogne, San Isidro. Publicada en el blog Bingo Fuel.
 
 | Por Nicolás E. Bianchi |
En el barrio de Boulogne, detrás de la panamericana, existe un galpón-aguantadero en el cual trabaja un grupo organizado de delincuentes que hacen entrar y salir autos y motos a toda hora. No hay allí un desarmadero, una cocina de droga, o una guarida de tratantes sino la planta verificadora de la Policía Federal, un verdadero monumento al robo, a donde uno debe acudir cada vez que quiere vender un auto.
El Jefe te protege (recuerdos del año 2008)
 
Todavía tenía fresco el recuerdo de la venta de mi primera moto en el 2008 y del modo de operar de estos sujetos. En aquella ocasión tuve que regrabar el número de chasis de la moto.  Llegué, hice la cola, el lugar estaba repleto de gente sin atender y pocos policías con ganas de laburar. A un costado un grupo de ellos charlaba animadamente. El tipo que me atendió me miró desde lejos y se arrastró al mostrador. Al conocer el motivo por el cual venía, con cara de preocupado me miró fijo a los ojos y me dijo:
– Y… esto te va a a salir unos $450 pesos sólo de grabado, más formularios y tasas –
Sin poder creer lo que escuchaba le dije en voz alta que era un afano, y le pedí hablar con su superior. $450 pesos por un grabado en una moto que valía como mucho dos lucas me pareció un despropósito. Después de discutir un poco me derivaron con El Jefe (oficial a cargo del establecimiento).
En su oficina, me indicó que efectivamente debía pagar por el grabado, y como al pasar me mencionó otro precio: $100 pesos. Al comentarle que su compañero me había dicho $450 más otros gastos, me contestó canchero que el otro se había equivocado, que se pone muy nervioso cuando habla con la gente. Después, despectivamente me comentó que sus colegas son tan ignorantes que “no saben ni hablar” y que él había leído a Foucault. Gracias a Dios, éramos dos hombres cultos compartiendo una amable charla en el medio de la barbarie carroñera.
Si esa moneda hablara … (presente)
El jueves 8 de agosto de 2013 fui otra vez a la Planta de Boulogne a verificar la moto que ya tenía vendida. Al llegar comentaron que el trámite de verificación me iba a costar un total de $240 pesos: $60 de los formularios y $180 de “verificación policial y grabado de plásticos”. Me quedé sorprendido ante el requisito de grabar el número de chasis en los plásticos de la moto. Nunca había escuchado cosa semejante. Un poco por curiosidad y otro poco por desconfianza pregunté si el grabado se podía evitar.
–  No te preocupes, no queda mal, si querés lo hago por encima para que se no te quede muy marcado el plástico – respondió el cobani, más preocupado por cuestiones estéticas que de bolsillo.
–   No lo decía por eso – le dije – ¿no hay forma de evitar el grabado? ¿es obligatorio?
Después de unos segundos de pensarlo un poco, me dice: “dejá, por esta vez te lo voy a dejar pasar, pero es obligatorio, tenelo en cuenta”. Increíble.
Aún shockeado por el fallido intento de estafa, me fui a buscar los formularios en la otra punta del galpón, pago los $60 correspondientes y veo que tienen una franja tapada con corrector blanco. Mirándolo a trasluz uno puede descubrir que dice: “Precio: $18,3”. Sin darme cuenta, tanto a mí como a las doce personas que esperábamos, nos habían cobrado $40 pesos de más.
El que abandona no tiene premio

Aprovechando que tenía que esperar, me acerqué a charlar con la persona que realiza los grabados en chasis, cuadros, plásticos y vidrios. Se presentó como un empleado de una empresa terciarizada. Tenía unos unos treinta y cinco años. Después de un rato, entró en confianza y me contó como llegó a trabajar ahí. Me dijo que el puestito de grabados es suyo, que los milicos se lo dieron a su viejo en la última dictadura y que por ahora él continuaba con el curro.
Cobra en promedio más de $250 pesos por 5 minutos de trabajo. No me quedan dudas de que debe tener que repartir  el botín con el resto de la banda delictiva con la cual convive en asociación ilícita para que todo quede en familia.
En ese momento, el policía que intentó robarme con el grabado de plásticos, visiblemente molesto porque me detengo a hablar con el hombre de los grabados, me grita que debo ingresar al destacamento para llenar los formularios.  Una vez adentro, un amable oficial me ayuda a completarlos y mientras lo hace, me pide “una colaboración para la gaseosa”. Los intentos de sacarme una moneda eran cada vez eran más burdos.
Me alejé envuelto en un sentimiento de alegría por no haber colaborado con la causa, fastidio y resignación; también con una gran duda: ¿Qué estamos financiando cuando colaboramos con la causa mafioso-policial?
Si a los $40 que nos robaron a todos, le sumamos una gran cantidad de personas que aceptan grabados o lavados de motor que no corresponden y lo multiplicamos por la multitud que cada mes realiza su trámite ahí, se obtiene una caja negra astronómica, millonaria, que excede por mucho los gastos en pizza, gaseosas y cerveza que pudiesen tener los muchachos de chapa. ¿Quién se queda el botín? ¿Hasta donde llega la repartija?
Todavía medio aturdido por tantas preguntas, me quedé pensando en el hecho de que por más que los medios de comunicación insistan en mostrarnos al marginal como modelo único de delincuente, la realidad diaria destruye esta caracterización: los chorros trabajan a todos los lados del mostrador.