David contra Goliat, la identidad de juego como arma

¿Qué armas tiene Tigre, en teoría "el débil", para ganarle al gran monstruo que, por ejemplo, le lleva 68 títulos?

Nunca antes en la historia del fútbol Argentino hubo tanta diferencia de títulos logrados como en esta final. Para comparar, mientras los xeneizes se consagraban campeones del mundo múltiples veces a principio del milenio, el equipo de zona norte vagaba sin rumbo la tercera división. De hecho el club de la ribera tiene más títulos (68) que Tigre tiene participaciones en primera división (55).

Por supuesto que esto es fútbol y la teoría no siempre encaja en la práctica. Hasta que los 90 minutos no finalicen todo puede pasar y eso es lo hermoso. ¿Podrá Tigre triunfar contra el gigante y obtener su primer titulo a menos de dos meses de perder la categoría? Pocos relatos fascinan más que este, el del débil contra el fuerte, el del humilde contra el millonario, el de David contra Goliat.

Si bien su triunfo desde la estadística parece poco probable, si prestamos atención veremos que el conjunto de Victoria viene destruyendo algunas ‘máximas’ de nuestro querido deporte. “Un equipo que pelea el descenso no juega bien”, “Un equipo que desciende pierde a sus figuras”, “Un equipo de la B no puede jugar una copa Internacional”.

Todo comenzó con el regreso de Pipo a la conducción técnica hace menos de 4 meses. Con Gorosito, la identidad volvía a ser central en la construcción del juego. El DT del barrio llegó con un mensaje simple “hay que pensar más en la pelota que en el resultado” y paradójicamente cosechó los mejores resultados de los últimos años.

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Como el mismo Pipo suele resaltar, el mérito no fue solo suyo. Su mensaje resonó fuerte en un Galmarini, que se convierte en el jugador con más partidos jugados en el club, en un Menossi, que defiende el escudo desde las inferiores y se encuentra en su mejor momento, en un Chino Luna, ídolo máximo que aporta sanamente desde su lugar en el banco.

Apreciando la complejidad y la presión del momento que transitaban, armo la columna de su equipo con tres jugadores ‘viejos’ de amplia experiencia: Alcoba (34), el central uruguayo que llego y acomodó la defensa, El perro Prediger (32) quien partido tras partido se comió la mitad de la cancha sin dar señales de fatiga, contagiando constantemente, y Montillo (34), el nuevo señor del fútbol.

A La Ardilla habría que renombrarlo Ave Fénix ya que resurgió de las cenizas tras verse obligado a retirarse por múltiples lesiones en 2017 y se convirtió en el estandarte máximo del plantel de Pipo a base de su buen juego y asistencias. ¿Acaso hay mejor héroe que aquel que a pesar de encontrarse completamente derrotado se rebela y se alza para seguir luchando?

Insospechadamente, lo que debió ser el final del cuento de hadas, el inevitable y temido descenso, funcionó en cambio como un disparador. La hinchada lejos de reprochar aplaudió con mucha avidez y el plantel en su mayoría (cuerpo técnico incluido) juro quedarse para juntos intentar volver. El proceso de identificación ya estaba completo.

Sin nada más que perder y tras un breve y entendible bajón, Tigre sacó sus garras y rugió más fuerte que nunca. Primero revirtió un 0-2 en Santa Fe, luego eliminó al campeón y por último aplastó 5 – 0 a los tucumanos con siete suplentes en cancha. Parece ser que las hazañas a este David le sientan mucho bien.

Opuesta parece ser la situación de su rival quien no parece hacer pie tras la trascendental derrota que sufrió en Madrid el año pasado. Alfaro, que también supo ser técnico de Tigre, no logra encontrar el rumbo (River encima volvió a coronorase en el plano internacional hace solo dos días). Su juego no da muestras de identidad, ni siquiera de ideas concretas.

Más bien, Boca parece seguir en pie por la jerarquía de sus intérpretes y sobre todo por el peso de su escudo tan difícil de doblegar. Sin embargo su mayor atributo, se convierte en carga y le juega en contra. Perder la final lo dejaría expuesto, ganarla en cambio no le sumara garantías.

Para Tigre este encuentro puede ser el más significativo de su existencia. Ganar significa gloria eterna y, gracias a la frutilla del postre (la plaza a la Libertadores), seguir soñando. Con las municiones listas y la honda en mano, el matador apunta a quedarse con la estrella.